viernes, 12 de noviembre de 2010

jueves, 11 de noviembre de 2010

Porque no sólo de letras vive el hombre V

Hace un par de días me puse a platicar con Sandy, una amiga toluqueña, y empezamos a cambiar links de videos. antes de irse me deja un último link diciendo que si conozco a Esquivel, que a ella le gusta mucho. Yo abro con curiosidad el link y me encuentro con:



Y resulta que a primera y segunda y tercera oída, me fascinó. Me puse a curiosear en Internet, y resulta que Juan garcía Esquivel, mexicano, ya difunto físicamente, pero que a finales de los 50's causó revuelo, hasta donde tengo entendido, dando origen al lounge. Cuenta con un montón de singles igual o más pegajosos. Y otro detalle, más bien curioso, es el mismo que compuso la banda sonora de la serie infantil de hace ya tantos años Odisea Burbujas. De lo que se viene a enterar uno.


Para bajarse los discos en Taringa:
http://www.taringa.net/posts/musica/2998484/Juan-Garcia-Esquivel---6-discos-del-genio-musical.html

Jornadas oníricas [fragmento II]

De pronto sonó en todo el edificio otra canción: “Aneracam al”. Y eso sólo puede significar una cosa: hay que regresar a los cubículos. Todos regresamos a nuestros trabajos.
Trabajamos.
Bueno, trabajaron: yo me levanté y me enclaustré en el baño. Y mientras estaba sentado en el escusado la temperatura del lugar comenzó a subir: resulta que el cesto de basura, que era de plástico, empezó a arder. Fue curioso: el plástico suele derretirse de inmediato. Pero esta vez no se derritió. Pensé que todo era mera ilusión mía. Pensé: quizás el desayuno resultó alucinógeno. De pronto escuché una voz grave: tipo Barry White: preguntaba por un hijo. No le di importancia: seguí con lo mío. Volvieron a llamar. Entonces me di cuenta que la voz se dirigía a mí. Identifiqué de dónde provenía la voz: del cesto en llamas.
—¿Hijo? ¿Puedes escucharme, hijo mío?
—¿Quién habla?
—Hijo mío, te he elegido.
—¿Me ha elegido? ¿Para qué?
—Tú serás el nuevo profeta.
—¿Nuevo qué?
—Profeta: el nuevo profeta.
—¿Pero quién eres?
—Yo soy el que es, era y será.
—¿Quién?
—Hijo mío, yo soy tu dios.
No le presté atención: me limpié el sudor de la frente con la punta de la corbata. Concluí: en efecto, estoy alucinando feamente: sino por el desayuno quizás por el calor del lugar. Es bien sabido por todos: los cuartos de baño en los hormigueros son muy calurosos: es una técnica que emplean para que los empleados no demoren (demoremos) más de lo necesario. Como que perdieron intensidad al notar mi indiferencia: las llamas del cesto. Luego retomaron brillo y calor y la voz agregó:
—Hijo mío: te he elegido para ser un profeta más.
Pensé: el hecho de que sea él, el que es, fue y será no le da permiso de hacer tal visita en tal momento. Así que algo molesto le respondí que qué quería de mí.
—Te he elegido como profeta: el último: el definitivo.
—Y eso qué o cómo.
—Verás, hijo mío: es una tarea especial. Todo profeta: tiene que sacrificar su…
—Ah, no. Entonces no: gracias.
—¿Cómo?
—Que ahorita no: gracias.
—Bueno… verás, hijo mío: en realidad no es tan difícil: yo desvelo la palabra y tú te encargas de hacerla saber: de regar la semilla con todos tus hermanos.
Me quedé callado: concentrado en lo mío. Busqué algún periódico o revista o algo que leer: algo en que entretenerme. Pero no encontré nada.
—¿Tienes con que anotar, hijo mío?
—No: ya le dije que no me interesa.
—¿Listo?
—No.
—Comienzo por el principio:…
—Oiga, oiga: ¿no podría volver luego?
—¿Cómo?
—Sí: en un momento menos inoportuno.
—No: esto es palabra de dios, del altísimo. Hijo mío: sólo aparezco muy de vez en cuando.
—Verá, señor: la verdad es que no me interesa.
—¿No te interesa qué?
—No me interesa: ser un profeta.
—¿No te interesa ser un profeta más de dios, del santísimo, del supremo, del dios de dioses, del dios de los cielos?
—No.
—¿No?
—No.
—Oh… yo pensé que… bueno, tú sabes… que…
—No: disculpe. No me interesa ser profeta de ningún dios por ahora: quizás la próxima.
—Pero…
—No.
—Pero hijo mío, acaso ¿no te intriga saber qué mensaje pueda develar al pueblo? ¿No te intriga saber quién será el pueblo elegido en esta ocasión?
—No.
—¿No?
—No.
—Oh…
Tomé un poco de papel sanitario: lo agité: como gesto de estoy-ocupado.
—No, hijo mío. Esto no está bien, es que…
—¿Qué?
—Es que parece que no entiendes bien quién soy yo: yo soy el dios de Isaac, el dios de Jacob, el dios de Moisés, yo soy…
—¿Y?
—Y… —arrastró la palabra por unos segundos.
—¿Y?
—Bueno: ¿a poco no te intriga saber qué mensaje pueda develar para estos tiempos?
—No.
—¿No?
—No.
—¿A poco no te enorgullecería llegar a ser el que esparza la nueva semilla del verbo?
—No.
—¿No?
—No.
—Oh… bueno: ya veo. Yo, bueno, hubiera imaginado otra cosa: que sí.
—Pues no.
—¿En serio?
—En serio.
—Oh… entiendo.
—Me alegro.
Se hizo el silencio por un momento. Luego la voz agregó:
—Disculpa: no sé si… ahora que me he manifestado… que estoy aquí: contigo… ¿no tendrás alguna preguntilla… qué hacerme?
Me rasqué el codo izquierdo: con el fin de maquillar lo incómodo del silencio. Después respondí:
—No.
—¿Cómo?
—Que no.
—¿En serio?
—En serio, no.
—Hijo mío: ¿bromeas?
—Por supuesto que no.
—¿No?
—No.
—No te creo: todos, absolutamente todos, en algún momento de su vida se enfrentan a alguna pregunta que no le encuentran respuesta por ning…
Lo interrumpí:
—No, gracias. Ahorita no, señor.
—¿Seguro? Mira que esta oportunidad…
—Está bien, está bien.
Las llamas del cesto como que se emocionaron: se acentuaron.
—A ver… sólo déjeme recordar alguna…
—Adelante, hijo mío. Adelante: tómate el tiempo necesario.
—Ya: ahora recuerdo una: qué fue primero: ¿el huevo o la gallina?
Se hizo el silencio por un momento. Y después dijo:
—Bueno, hijo mío, verás: yo soy dios, tu dios, el dios de Noé, el dios de Daniel, el dios de...
—¿Y?
—Bueno: ¿recuerdas a tus hermanos ancestrales? Yo soy el que los sacó de la esclavitud: de Egipto. Yo soy quien…
—¿Y?
—Bueno, hijo mío, verás:…
—¿Qué?
—Es que… pensé: va a preguntarme algo con aires filosóficos, antropológicos, algo histórico o profético o religioso. Sin embargo…
—¿Sabe o no sabe?
—Verás, hijo mío: parece que no has entendido bien quién soy: yo soy Yah…
—¿Sabe o no sabe?
—¿Cómo?
—¿Sabe o no sabe?
—Bueno, pues… no: eso no lo sé.
En eso acabé mis necesidades e ignorando el cesto en llamas: me levanté y tiré el papel en el escusado y después, sin lavarme las manos y sin bajarle al escusado, salí del cuarto de baño: regresé a mi cubículo.

jueves, 16 de septiembre de 2010

lunes, 6 de septiembre de 2010

Porque no sólo de letras vive el hombre IV

Jornadas oníricas [fragmento]

Cuando desperté era tardísimo. Miré el reloj y hacía treinta minutos que tenía que estar en el trabajo. Agarré del pescuezo mi gallo y lo tiré por la ventana (tenía que jubilarlo hace un par de años). Pensé en ducharme pero no, ya era muy tarde, así que sólo nadé en la alberca 20 metros. Me salí de la alberca. Me sequé dando unos saltitos. Me monté en mi rana con alas y me fui al trabajo.

El tráfico, por lo mismo que ya era tarde, no era la gran congestión. En la puerta del hormiguero estaba el perro guardián. Le saludé y me gruñó, me enseñó los dientes: babosos, amarillosos, con sarro. Saqué un hueso de mi portafolio y se lo arrojé, él salió corriendo tras de él. Entré al hormiguero, todos se encontraban en sus cubículos, trabajando. Llegué a mi sitio. Todo estaba en orden. Agradecí no sé a quién que pasé como inadvertido por todos los pasillos. Y empecé a trabajar.

A la hora del almuerzo me dirigí al comedor. Nadie comía, todos platicaban. Yo me acerqué al microondas. De un agujero de la pared saqué un par de huevos. Los metí al aparato. Le puse un minuto y luego presioné START. A los treinta segundos abrí la puerta del aparato. Saqué mi par de huevos. Los estrellé en la mesa con cuidado y de adentro salieron unos pollitos como rostizados (aunque más bien tenían aspecto de insectos). Me los comí, estaban buenos. Sobre todo crujientes. Se acabó la hora de descanso y regresamos todos a nuestro trabajo.
Trabajamos.

Así hasta la hora de salida. En la hora de salida llegué por algo para cenar. Por algo barato: hamburguesa doble de carne de diputado, una orden de higos fritos y un té de tierra mojada con lluvia (ah, qué olor). Pasé por la gasolinera y llené el estómago de mi rana voladora.
Cuando llegué a casa, mientras me estacionaba, pasó la hija de la vecina. Me chifló, y me gritó “Quien fuera toalla pa’ secar tu cuerpito”. Le mostré mi combo alimenticio, le saqué la lengua, quiero decir que le saqué la lengua, la de ella no la mía. Puse mi pulgar sobre ella. Me mordió el dedo, me lo arrancó. Grité fuerte y empecé a rezar el Madre Nuestra. Ella se asustó, salió gimiendo, corrió.

Por fin entré a mi casa. Mi pez dorado me trajo las pantuflas. Pensaba en desvestirme para cenar a gusto, pero fue justo en ese momento que me di cuenta que no andaba vestido. Me encogí de hombros y me puse a cenar. La carne estaba un poco correosa, pero lo demás estaba bueno. Me acosté en la pared, bocabajo. Y me puse a dormir.

Letras nada huerfanas II

La segunda visita a este orfelinato nos la hace Max Aub con un estupendo cuento -de mis favoritos- que cuelgo a continuación:


Hablaba y hablaba...
Max Aub

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

Cortesía de CiudadSeva: