
"Muerte de pena", Petre.
Juan Carlos Bautista
La felicidad y otras devastaciones
La Felicidad se lava obsesivamente las manos como Lady Macbeth.
El hombre feliz es un angustiado, un supersticioso que sigue los signos más pequeños, el guardián de su oro, culpígeno, avaro. Un hombrecito tenso, ansioso, muy cansado, con los nervios en punta y al borde del desfallecimiento. El hombre feliz es un pobre diablo.
El hombre feliz es alguien que no pudo cumplir su sueño. Que se quedó a las puertas de su sueño.
¿La imagen del hombre feliz? La fiera domesticada.
¿La risa del hombre feliz? La que explota espontánea, casi idiota, y se disuelve encebollada, errática, sin convicción.
¿La mirada del hombre feliz? El que mira de frente, alegremente vacío.
El cuerpo del hombre feliz estuvo en el paraíso. Qué pena, de verdad, qué pena.
Yo soy el hombre feliz.
Cuida por tu bien que el amor eterno te dure poco.
Pues el enamorado es un agónico que cree en la resurrección y muere lleno de fe.
Encontrar un amor es un regalo de Dios / Retener ese amor es un regalo del diablo.
Tengo una amiga que amó intensamente a su marido. Pero en las tardes, bajaba al metro para dejarse acariciar por desconocidos. Ella era dichosa, pero su cuerpo, una perra, obedecía a un amo distinto.
Se dice amor eterno cuando tememos que se nos muera a cada paso.
Otra amiga me dice que también amó a su marido, pero que su amor desesperado, su amor fou, ocurrió también en el metro. Esperaba distraída, cuando se detuvo el tren que iba en dirección opuesta. Un hombre volteó a mirarla y ella supo en un instante que ése era el-hombre-de-su-vida. Los dos apenas parpadearon. Fue cosa de un segundo: el tren cerró las puertas, y ellos se perdieron para siempre.
El amor y la lucha libre se parecen en que son representaciones teatrales con un poco de sangre y uno que otro lesionado.
El amor y el odio son siameses unidos por un órgano vital. No puede extirparse el bicho malo sin que el otro muera un poco también.
El que besa es un caníbal en estado de gracia.
El que besa ha encontrado la puerta del alma, pero se demora a las puertas del cuerpo.
Seríamos más humildes si en vez de preguntarnos la hora nos preguntaran cuál es nuestra hora.
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Juan Carlos Bautista nació en Chiapas en 1964. Tomado de Anuario de poesía mexicana 2007 de Julián Herbert, Fondo de Cultura Económica 2008.
Encuentro
Octavio Paz
Al llegar a mi casa, y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigado, decidí seguirme. El desconocido —escribo con reflexión esta palabra— descendió las escaleras del edificio, cruzó la puerta y salió a la calle. Quise alcanzarlo, pero él apresuraba su marcha exactamente con el mismo ritmo con que yo aceleraba la mía, de modo que la distancia que nos separaba permanecía inalterable. Al rato de andar se detuvo ante un pequeño bar y atravesó su puerta roja. Unos segundos después yo estaba en la barra del mostrador, a su lado. Pedí una bebida cualquiera mientras examinaba de reojo las hileras de botellas en el aparador, el espejo, la alfombra raída, las mesitas amarillas, una pareja que conversaba en voz baja. De pronto me volví y lo miré larga, fijamente. Él enrojeció, turbado. Mientras lo veía, pensaba (con la certeza de que él oía mis pensamientos): "No, no tiene derecho. Ha llegado un poco tarde. Yo estaba antes que usted. Y no hay la excusa del parecido, pues no se trata de semejanza, sino de substitución. Pero prefiero que usted mismo se explique..."
Él sonreía débilmente. Parecía no comprender. Se puso a conversar con su vecino. Dominé mi cólera y, tocando levemente su hombro, lo interpelé:
—No pretenda ningunearme. No se haga el tonto.
—Le ruego que me perdone, señor, pero no creo conocerlo.
Quise aprovechar su desconcierto y arrancarle de una vez la máscara:
—Sea hombre, amigo. Sea responsable de sus actos. Le voy a enseñar a no meterse donde nadie lo llama...
Con un gesto brusco me interrumpió:
—Usted se equivoca. No sé qué quiere decirme.
Terció un parroquiano:
—Ha de ser un error. Y además, esas no son maneras de tratar a la gente. Conozco al señor y es incapaz...
Él sonreía, satisfecho. Se atrevió a darme una palmada:
—Es curioso, pero me parece haberlo visto antes. Y sin embargo no podría decir dónde.
Empezó a preguntarme por mi infancia, por mi estado natal y otros detalles de mi vida. No, nada de lo que le contaba parecía recordarle quién era yo. Tuve que sonreír. Todos lo encontraban simpático. Tomamos algunas copas. Él me miraba con benevolencia.
—Usted es forastero, señor, no lo niegue. Pero yo voy a tomarlo bajo mi protección. ¡Ya le enseñaré lo que es México, Distrito Federal!
Su calma me exasperaba. Casi con lágrimas en los ojos, sacudiéndolo por la solapa, le grité:
—¿De veras, no me conoces? ¿No sabes quién soy?
Me empujó con violencia:
—No me venga con cuentos estúpidos. Deje de fregarnos y buscar camorra.
Todos me miraban con disgusto. Me levanté y les dije:
—Voy a explicarles la situación. Este señor los engaña, este señor es un impostor...
—Y usted es un imbécil y un desequilibrado —gritó.
Me lancé contra él. Desgraciadamente, resbalé. Mientras procuraba apoyarme en el mostrador, él me destrozó la cara a puñetazos. Me pegaba con saña reconcentrada, sin hablar. Intervino el barman:
—Ya déjalo. Está borracho.
Nos separaron. Me cogieron en vilo y me arrojaron al arroyo:
—Si se le ocurre volver, llamaremos a la policía.
Tenía el traje roto, la boca hinchada, la lengua seca. Escupí con trabajo. El cuerpo me dolía. Durante un rato me quedé inmóvil, acechando. Busqué una piedra, algún arma. No encontré nada. Adentro reían y cantaban. Salió la pareja; la mujer me vio con descaro y se echó a reír. Me sentí solo, expulsado del mundo de los hombres. A la rabia sucedió la vergüenza. No, lo mejor era volver a casa y esperar otra ocasión. Eché a andar lentamente. En el camino, tuve esta duda que todavía me desvela: ¿y si no fuera él, sino yo...?
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Extraído de ¿Águila o sol?